El pie que quería ser manzana

Posted: martes, marzo 06, 2007 by Godeloz in
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Para los realizadores de Medellín y otras ciudades del país, el Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia es una oportunidad para sacar a la luz sus trabajos, uno de los más llamativos en el 2005 muestra las obsesiones del realizador por el tiempo que transcurre y el que permanece.


Jacobo Cardona es Antropólogo de la Universidad de Antioquia, ese es el título oficial pero él sabe moverse con más pericia en terrenos donde la oficialidad es una promesa del purgatorio. Alrededor de su vida ha tejido una especie de mitología clásica que incluye desde incestos hasta viajes fantásticos por el sur de América.


De la vida prefiere unas cuantas buenas películas, unos cuantos buenos libros, unas cuantas buenas canciones, hacer pocas (pero incisivas) anotaciones en el diario y ladrar algunos comentarios misántropos pero humanistas. Escribe con la energía de un adicto a las anfetas pero en sus obras aún nadie se ha fijado, ni en su volumen de cuentos “Las pistolas de John Wayne” donde niños vietnamitas bailan como Elvis para crear remolinos de arroz, ni en su colección de poemas “La esquiva sombra del Colióptero” que muchos jurados han leído sin percatarse que están frente a una poética distinta que amalgama sin equilibrio, es decir, en contradicción, la filosofía (del absurdo) y el cine, el sexo y la fatalidad, el viaje y la muerte, el tedio y la celebración etílica. Esta obra temprana, perfila la sombra de un creador cuyas obsesiones son el trastorno, la subversión, esa obsesión universal que es el tiempo, la memoria y la muerte como espera divertida: una mezcla de ironía y desdicha que se adivina en sus anotaciones accidentales desperdigadas en papelitos arrancados de cuadernos extraños.

Bailando en el abismo
El mundo de Jacobo es el mundo de cualquier joven contemporáneo que elige lanzarse al abismo por cuenta propia, sin esperar a que lo empuje el que aguarda su turno en la fila de jóvenes contemporáneos que quieren hacer cine, escribir novelas, viajar por el mundo, pero que sobre todo quieren, sin ofrecer toda su sangre, la gloria y el éxito. Como dijo Bolaño de Elroy, Jacobo mira al abismo con los ojos abiertos y encima de todo le baila el chachachá con una sonrisa de dientes amarillos y aliento de humo. Jacobo lo sabe por obligación, que primero hay que reventarse la crisma día con día, sin dejar de parir ideas, sin dejarse vencer por el anonimato. Por eso trabaja cada vez que puede, para ganar unos pesos y perderse después, durante días, con la extrañeza de sus amigos, en uno de sus viajes, algunos de los cuales no lo llevan más allá del baño de su apartamento, para regresar con un nuevo hijo entre los brazos (hijos que por otra parte tienen la condena, afortunada algunas veces, de dormir para siempre en una carpeta deshilachada que se perderá cualquier día de mudanza). El último de ellos, sin embargo (y quien sabe si por desgracia), se resistió al archivo y ahora ronda entre los seleccionados para la muestra Caja de Pandora del Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia. Es un cortometraje de 20 minutos realizado en 24 horas (6 de rodaje, 12 de edición, otras 6 de anotar ideas). Aunque sin contar las horas que gastó viajando hasta el Tolima –donde vive su familia-, y las invertidas en convencer –quería que saliera barato- a su padre y a su primo para que debutaran como actores naturales.

El transcurso del tiempo
Teoría de Catástrofes es una metáfora sentimental sobre el transcurso del tiempo, sobre la pérdida y también sobre lo que permanece, aquello que regularmente son ruinas o escombros. Los tres epígrafes que la encabezan, uno de Bolaño, otro de Thomas Bernhard y otro que parece de Drácula pero pertenece a la magnifica lucidez de Ingmar Bergman (“Nada es más terrorífico que la luz blanca del sol”), ya dejan adivinar que los 20 minutos subsiguientes serán ambiguos pero significativos, desolados y silenciosos, vivos y al mismo tiempo agónicos.


El paisaje es Armero y la historia es la de dos hombres que perdieron algo el día de la avalancha. Está la carretera como guest star, y los ruidos de los bichos y los pájaros y las tracto mulas que pasan a toda velocidad le ganan en protagonismo a los ademanes del hombre joven que recoge muestras en frascos de vidrio, como si estuviera armando un puzzle.


Por pura coincidencia, o quizás no, los planos son largos y lentos y la cámara permanece estática, dándole preponderancia a unas locaciones que dejan la clara intuición de la tragedia, una alegoría de la ausencia, tal y como sucede con el cine oriental de hace 50 años en el que los directores conservaban su propio sabor y no estaban manchados con los cánones que Hollywood y la tecnología imponen.


Se adivinan entonces las influencias, algo de cine iraní, de Atom Egoyan de Wong Kar Wai. Esa tendencia a la reconstrucción improbable, por lo tanto inexacta, del pasado. Los personajes transitan a través de los planos generales y los primeros planos, estrechos en el mundo del campo visual. Aparecen cortados. La fragmentación del cuerpo como declaración de inconformidad. Contraplanos que desorientan porque de lo general se pasa al detalle minucioso sin que se presente un exabrupto. Pero sin entrar al territorio de lo irreconocible. Para Jacobo, el sentido de la obra de arte debe ser ambiguo, que el espectador sienta una exigencia, que irrumpa en él una cefalea si no merece ser parte de un público que debe preguntar, cuestionar, desajustar, desbaratar y volver a armar, criticar por encima de todo.


Aunque la historia tampoco pretende ser indescifrable. “Un hombre viaja al lugar donde 20 años atrás una avalancha sepultó a su hijo, los muertos no descansan, crecen y clasifican sus rastros, y quien regresa, nunca se ha marchado”, definición que deja adivinar la arquitectura de la historia en forma de pregunta ¿Es el hombre que recoge muestras el espectro del niño sepultado? O ¿es la imagen del padre 20 años atrás, cuando era joven, feliz y no había perdido aún nada? La lectura puede hacerse a voluntad e incluso, pueden generarse nuevas interpretaciones, darle otros sentidos a una historia que aun a Jacobo se le aparece distinta cada vez que la mira.


Esta exploración de indicios que es Teoría de Catástrofes (una variante más del mito del eterno retorno) finaliza con un momento emotivo que hacen sentir los 20 minutos como la exégesis abreviada de los 20 años que han transcurrido desde la avalancha. El automóvil se aleja y uno de los hombres se queda. Luego, aunque debió ser un poema musicalizado de Neruda que habla sobre un pie que quería ser manzana, aparece una melodía que también es perfecta. Una canción de El Colectivo, grupo de música electrónica paisa, le da un clímax intenso al final, compuesto por las imágenes del Armero que quedó borrado del mapa, un pueblo que para nosotros tiene nombre porque la tragedia fue demasiado cercana pero que en el planteamiento del cortometraje puede ser cualquiera porque la desaparición es una promesa garantizada desde que la historia se desbocó en su camino de insospechadas ramificaciones.



3 comentarios:

  1. Anónimo says:

    Una visión bastante enrarecida de un personaje ya de por sí enigmático.

  1. Beat says:

    Un buen perfil del sujeto. Me encantó lo de los niño vietnamitas bailando como Elvis; en mi mente hice una serie de variaciones: como Chuck Berry, como Mick Jagger, como Lou Reed. En fin. Lo de "Las pistolas de John Wayne" me recordó bastante a Ray Loriga.
    Oiste, buen blog. No lo conocía, ¿es muy nuevo o qué?
    Feliz fin del mundo.

  1. Anónimo says:

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